Me tenían hasta la madre. El último día de cada mes, tenía que entregar el pago. Sabían todo de mí. Cuánto cobraba; el monto del pago de mis impuestos; lo que cubría cada bimestre a la Comisión Federal de Electricidad; mis números telefónicos; dónde vivía y quiénes formaban parte de mi familia.
Todo.
Tenían copias, ¡hasta de mis análisis clínicos!..
Nunca me sentí tan vulnerado y tan vulnerable.
Estuve viviendo dos años en la Unión Soviética y seis meses en Cuba. El Socialismo real. Vi cómo, el Estado hurgaba en la intimidad del ciudadano. Fueron de las pocas cosas, que me desagradaron de esos regímenes. El poder de los Sóviets, se sostenía en sus órganos de inteligencia y en el omnipresente Partido Comunista de la Unión Soviética (PECUS). Los Comités de Defensa Revolucionarios (CDR), son el ojo vigilante del gobierno cubano; en la tarea de salvaguardar la Revolución, saben todo de todos.
No digo que eso, sea malo; digo que es incómodo.
Los gobiernos ruso y cubano, jamás tuvieron tanto control ciudadano, como el espectro que nos atosiga. Permeó, hasta en la mentalidad de la comunidad. Nunca como ahora, el miedo galopa paralelo a nuestras vidas y a nuestras muertes. Ni siquiera en la época del contrabando y los pistoleros, hubo tanto pavor, tanto pánico en los vientos del Golfo que nos soplan y nos bañan.
-Buenas tardes señor-decía el cobrador, mientras tomaba asiento acariciando amorosamente un maletín de piel exótica.
Me repugnaba.
La náusea –quizá el miedo, quizá el coraje- se anudaba en mi entraña cuando el sujeto deslizaba su mirada lasciva sobre el cuerpo de Reina. El traje sastre, color perla, no ocultaba sus sólidas y turgentes nalgas; ni su cintura de bambú; y menos, su busto magnánimo y retador.
“Felicidades ingeniero. Este mes le fue muy bien en su negocio. Debe ser porque la Presidencia municipal y el gobierno del estado, pagaron todos sus pasivos de obra pública”, dijo el sujeto, en tono viscoso como para romper el hielo.
-Así es…-respondí, mascando el encabronamiento.
Le entregué el sobre, con el diez por ciento de los ingresos de la compañía. Lo tomó mecánicamente, e impasible abrió la valija acomodando con parsimonia el dinero encima –supuse- de otro dinero.
-Me retiro ingeniero-dijo con la mirada puesta en su maleta.
-Que le vaya bien, señor.
Mi otro yo, salió emputadamente raudo:
“!Bórrale a chingar tu madre cagada!”
Mi Reina, había conocido circunstancialmente a un Capitán. Hablé con ella, y le pedí que me arreglara una comida con él. Una semana más tarde, estábamos comiendo en La Fogata. Cabrito y wisky, fueron las herramientas para socializar y terminar como viejos amigos. Llegamos al tema de temas en nuestra tierra: la inseguridad. Me dijo que las Fuerzas Armadas, estaban haciendo un gran esfuerzo por frenar la avalancha de violencia generada por la pésima estrategia del Presidente Felipe Calderón.
-¿Lo han molestado ingeniero?-preguntó.
-Lo normal Capitán. Lo normal…
Movió en forma circular el vaso jaibolero, jugueteando con los hielos y dio el último trago a su Johnny Walker. Ponía el vaso sobre la mesa, cuando el mesero, como mago, lo reemplazó por otro de idénticas características: tres hielos, una onza de escocés y media botella –necesariamente de vidrio- de agua mineral Topo Chico.
Dijo con una sonrisa que dejó ver su diente de oro bajo su negro bigote:
“Aquí lo normal, es lo anormal.”
La comida fue un domingo.
El lunes al mediodía, llegó el recaudador. Trajeado de azul marino, con una impecable camisa blanca cruzada verticalmente por una corbata de seda italiana color celeste. Me sorprendió su elegancia. Había dejado atrás, su vestimenta de burócrata de quinta.
No llevaba el maletín.
-Ingeniero, por instrucciones superiores dejaré de visitarlo. Y nadie, por ningún motivo podrá hacerlo.
-¿?..
-Nadie lo molestará más-precisó.
Infidente el recolector, dijo:
-El Capitán asumió sus deudas.
-¿Cómo..?
-El Capitán nos dijo que a partir de hoy, él le sale debiendo a usted…
